«Ciertamente Vox cumple varios de los puntos clásicos del fascismo –como el racismo, chovinismo y la pretensión de iegalizar a los partidos no afines a los conceptos anteriores–, y en otros parece que está progresando hacia ese punto –como adoptar timida demagogia anticapitalista sobre los problemas de la gente y la opulencia de los ricos–. En otros todavía es pronto para saber si adoptará tal postura –como el usar la violencia para suprimir a los partidos tradicionales–.
Si uno analiza el programa de Vox para las elecciones del 28 de abril, ciertamente no es el programa de la antigua Falange de los años 30, ni siquiera el de Fuerza Nueva en los 70. Hay mayor moderación. ¿Pero que partido fascista tiene un calco de estos programas? Sería anacrónico hasta para la mente cuadriculada del fascista. Incluso en las declaraciones rutinarias en prensa encontramos mayor apego a conceptos como el «liberalismo» que a otros eslóganes propiamente fascistas –recordemos que en principio el fascismo se presenta como antagónico al liberalismo y como su superador entre él y el comunismo–. Pero quedarnos ahí sería un simplismo, ya que como hemos comentado en alguna ocasión, en España con el fin del franquismo, muchos de los elementos de las clases explotadoras que habían apoyado al franquismo tuvieron que resguardarse en distintas agrupaciones políticas como la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez, o la Alianza Popular (AP) de Manuel Fraga, transformando o moderando el discurso y su política para tener éxito en el nuevo régimen –bajo la monarquía parlamentaria–. Nadie negará el desempeño fascista de los ministros franquistas y fueros estos los que aceptaron y encarrilaron el restablecimiento de la monarquía-parlamentaria. Por eso decimos que es ridículo hablar de una burguesía e individuos meramente democrático-burgueses o fascistas, ya que estos viran en función del panorama político:
«La causa de estas pugnas violentas interburguesas que se suceden a veces en los gobiernos capitalistas no solo se deben al arribismo o al autoritarismo de los individuos, sino también a la lucha entre elementos de la burguesía que quieren pasar a formas más coercitivas versus otros que desean adoptar formas de dominación más relajadas o directamente liberalizar el regimen. Estas disputas no son discusiones académicas sobre la forma de gobernar, sino que son en algunos momentos discusiones muy serias, pues de tomar una decisión u otra puede depender de que el sistema burgués salga mejor o peor parado en cada ocasion. Y, aunque como en todas las ideologías, siempre hay exaltados y románticos, estas discusiones no se producen tanto por amor a unos ideales concretos como a la forma en que creen que defenderán sus intereses económicos. Salvo excepciones de sujetos fanáticos… la burguesía no puede ser calificada de fascista ni de democráta-burguesa por naturaleza, puesto que siempre preferirá defender su bolsillo y su patrimonio en detrimento de los intereses de su nación o de su ideología concreta que en ese momento profese». (Equipo de Bitácora (M-L); Estudio histórico sobre los bandazos oportunistas del PCE(r) y las prácticas terroristas de los GRAPO, 2017)


